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Así es la depedida de un ser querido en medio de la pandemia en Colombia

Este artículo fue escrito Por: Gerald Bermúdez @geraldbermudez_, para el portal Cuestión Pública.

Está crónica refleja lo difícil que ha resultado convivir con el Coronavirus, lo complicado que es sentirlo llegar con pasos acelerados a atacar a un familiar, lo inhumano que se convierte el momento de recibir la noticia del fallecimiento de un ser querido en medio de la cuarentena, lo desolador que es realizar su sepelio.

Esa madrugada de viernes, antes de que saliera el sol, no me podía imaginar que la camioneta en la que había salido desde Bogotá me llevaba a la muerte de mi padre. La responsabilidad de cuidar de él en su traslado desde Ibagué a un hospital de Cali, para que lo operaran de una dolencia que solo requería un especialista, parecía no suponer un mayor problema inmediato para su vida.

Pensar en el futuro de la vida de mi papá nunca fue fácil. Desde hacía décadas nuestra relación no era armónica, estaba mediada por reclamos, desencuentros y reproches de años que se iban apilando como una pirámide de cráneos en algún paraje rural de Colombia.

Sin embargo, tomé mi lugar, mi rol como hijo mayor y comencé el viaje que esperaba fuera corto. Debido a la negligencia de las EPS que no autorizaba un traslado urgente y la emergencia por COVID-19,  su tratamiento, que supondría un par de semanas fue dilatándose a través de los días. Después de dos semanas hospitalizado en Ibagué, ahogándose en su propia bilis, fue autorizado su traslado a Cali para la intervención quirúrgica.

Ante la cuarentena que funciona muy bien en papel y en las películas de desastre y al parecer para pacientes con urgencias como la de mi papá, fue casi imposible lograr el desplazamiento desde Bogotá hacia Ibagué para poder acompañar a mi madre. Finalmente, con varias cartas de autorización y varios cientos de miles de pesos, fue posible viajar. Como una maleta extra de equipaje, cargaba la preocupación por lo que venía y el secreto de un tumor de páncreas que acababan de descubrirle tras una endoscopia a mi papá. Cáncer. En familia decidimos no hacerlo público, ni siquiera a él, que en su estado delirante debido a la encefalopatía por la bilis podía reaccionar de cualquier manera.

Fueron tres horas con el corazón en la boca. Llegué a Ibagué, saludé a distancia a mi madre, me duché, comí algo y me embarqué en una ambulancia hacia Cali con mi padre resistiendo como podía, la irresponsable manera de manejar del chofer de la ambulancia.

Así como la mente de mi papá se extraviaba entre charcos de bilis que subían por sus sistemas, así mismo yo dejaba la mía vagar por la carretera pensando que todo sería pasajero y que era cuestión de un par de días para estar de regreso en casa.

El Hospital Universitario del Valle tiene en diagonal y enfrente al Parque Panamericano. Allí, cientos de migrantes venezolanos acampan la pandemia royendo migas de la caridad que tanto abunda en estos tiempos de emergencia sanitaria. Era viernes en la noche cuando llegamos al hospital. Era frecuente ver pacientes ingresando a urgencias dentro de una caja plástica, sospechosos de portar el temible coronavirus. Aislados, segregados, temidos como los leprosos en la Biblia.

Comprendí que no todo iba a ser una historia para contar en navidad cuando, en lugar de una habitación, a papá le asignaron una camilla más en urgencias.

Debido al protocolo por COVID-19 nadie podía acompañar a mi papá y solo nos fue permitido verlo unas tres horas por semana. Mientras su piel y sus ojos se tornaban tan amarillos como un pergamino, sus dolores aumentaban y su delirio involucraba cada vez a más personas. A la par, yo me sumía en una vorágine kafkiana de trámites burocráticos: autorizar exámenes, buscar imágenes diagnósticas que estaban en su maleta y que ningún médico encontró. La soledad empezó a caer sobre mí con el inevitable peso con que me ha acompañado por muchos años.

A medida que su estado de salud empezaba a mejorar, muy lentamente, el resto del mundo comenzó a detenerse: mi preocupación por los desalojos en Altos de la Estancia en Bogotá y las flagrantes mentiras de la administración distrital comenzaron a pasar a un segundo o tercer plano. Las tardes de Cali que tanto he amado, la brisa que huele a mar a las cinco de la tarde y la cercanía con el norte del Cauca eran los únicos puntos de referencia en el mapa mental que tenía.

Volver a ver a mi papá conectado a tubos, como estaba en la ambulancia, y con mangueras saliendo de su cuerpo fue menos duro de lo que esperaba. Quizá porque a pesar de todo logró reconocerme. Lloró por estar lejos de mi madre y logramos hablar sobre esos años de abandono emocional. Comenzar a zurcir una herida que no solo estaba en mi interior sino en el suyo, comenzar a tejer entre los dos una nueva línea, construir un nuevo lugar desde el cual pudiéramos hablar. Esa visita de una hora pudo ser media vida de los dos.

La segunda vez que pude verlo dejamos claras las cosas con una frase que, tal vez, nunca le había dicho en mis casi cuarenta años: “Te amo, pa”. Su respuesta fue una media sonrisa y decirme que yo había sido el motor de más de la mitad de su vida. Hablamos de mi trabajo y nos dimos cuenta que, de manera inconsciente, me había empujado a dedicar mi vida a la acción, al servicio de otros. Esa corta hora de visita cerró con la noticia de que el tratamiento estaba empezando a dejar de ser funcional y que se sospechaba de su contagio por COVID-19. Fue la última vez que lo pude ver. La última vez que lo pude acariciar.

A pesar de que el resultado de la prueba dio positivo, mi papá parecía no tener más síntomas que los del cáncer que le habían descubierto días atrás. Lo aislaron en una sala especial, sin acceso a nadie que no fuera un médico. Tras ocho días hospitalizado en Cali y su diagnóstico empezaron a generar dudas sobre cuándo podríamos regresar a casa. Mientras tanto, en su cuerpo empezaban a obrar el cáncer, el envenenamiento por bilis y el COVID-19.

Dejé de sentirme un personaje extraviado esperando por la vida de alguien amado y empecé a verme como un ente detenido en el tiempo y el tedio esperando el desenlace de las cosas. Bebía para dejar pasar los días mientras llamaba a averiguar por el estado de mi papá. Logré colar una pequeña carta y un radio en un paquete con elementos personales que pude enviarle a su sala especial de bioseguridad. Como lo estipulan la ley y el sentido común, debí hacerme la prueba. Fueron dos días de espera por el resultado, dos días eternos que se mezclaban con pesadillas inducidas por el calor de la ciudad. La soledad también se convirtió en calor, en fuego que templó lo que se había forjado una semana atrás.

Todo parecía mejorar, dejaba pensar que tan pronto superara el COVID-19, tendría su operación para derivar el flujo de bilis y empezaría su batalla contra el cáncer.

Dos días antes de morir, el estado de salud de mi papá estaba mucho mejor que cualquiera de los días previos. Pudo ver a mi madre y a mi hermano por videollamada. Pudo hablar sobre lo que le aburría, le preocupaba y lo que esperaba. Su color de piel volvió a ser un poco más humano, menos amarillo.

Un martes, ocho días después de haberlo visto por última vez, recibí una llamada: “Buenas tardes, soy la doctora… Me duele decirle que su padre murió”. El mundo se detuvo, mi vida se rebobinó y volví a ser un niño de cinco años, desubicado, sin entender la violencia de lo que pasaba alrededor y orbitando sobre todo eso. El horror.

El horror de no saber cómo pedir que eso no fuera cierto, ¿a quién o a qué podría pedírselo?. El horror de tener que decirle a los que lo amaron, tal vez más que yo, que había muerto y que el mundo como lo conocíamos ya no era. No sería. El horror de estar vivo frente a la certeza de que un proceso que pensamos iba a tomar poco tiempo se convirtió en una tragedia.

Las diligencias legales para disponer de los restos de papá resultaron ser más eficientes que las que pudieron haberle garantizado seguir vivo. Es como si el paro cardiorespiratorio asociado al cáncer hubiera aligerado el trabajo de una máquina burocrática que poco o nada tiene de empática con el que agoniza.

En un tarde, mi papá pasó de ser un humano aquejado por tres enfermedades a un despojo incómodo, un material biológicamente peligroso. Aún debía esperar dos días para llevar sus cenizas a mi mamá.

Me fui de ella y de su ciudad con mi papá en una camilla. Ahora debía regresar con una caja llena de polvo. Notificarle la muerte del hombre que amó por 40 años fue confrontar mis sentimientos de infancia y adolescencia, me sentía como un colegial con malas notas teniendo que enfrentar el reproche familiar.

Mi prueba de COVID-19 resultó negativa, me enteré poco antes de abordar la carroza fúnebre que me llevó de nuevo a Ibagué. Verla de nuevo, darle la caja con la bolsa que contiene lo que fue mi papá me abrió una herida que se ha ido cerrando con todas las que había tenido abiertas durante 40 años. Como lo dijo la madre de mi hijo, fue mi viaje de redención.

Nelson Bermúdez Bonilla, mi papá, murió el 26 de mayo a las 3:47 p.m. Tenía 66 años. Yo escribo esta historia en el que fue su computador mientras mi madre reza en la sala el último día de la novena en su memoria.

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